Treinta años


Seiscientos cuarenta y nueve soldados, según datos oficiales, murieron en combate. Casi esa misma cantidad de hombres, se suicidó a lo largo de estos treinta años. Sin embargo, son muchos los que en la actualidad aun no  logran cicatrizar las heridas: miembros amputados, cicatrices y hasta pérdida de vista o audición.

La guerra es una instancia dura, aun para los que se dicen ser los más duros.

Trato de imaginarme en un día como hoy, aquí desde la tranquilidad de mi hogar y sentado frente a la PC y en ojotas, cómo estaría ahora en Malvinas si me hubiera tocado ir: muerto de miedo, frío y hambre, se me viene primero a la cabeza. Es que sin nunca haber empuñado un arma y promediando los treinta años, otra cosa no se me pudo ocurrir.

Me resultaría prácticamente fantasioso que mañana, en vez de tomarme el subte, vestido con el ambo y llevando el bolso con el cuaderno, lapiceras, llaves y desodorante, me suba a un Hércules con rumbo a lo desconocido usando borceguíes, ropa camuflada, un FAL y el bolso con las municiones y fotos de la familia.

Fueron chicos forzados a convertirse en hombres de la peor manera posible que existe. Miro ahora hacia arriba y veo la luz del techo de mi casa. Me reclino sobre la silla, en silencio, y escucho a los vecinos del edificio: chicos jugando a los gritos, mamás llamándolos a comer y la deliciosa mezcla de aromas que provienen de sus cocinas. A la vez, trato de imaginarme lo que sería estar ahora en Malvinas y al mirar para arriba, ese techo se convierte en luces por los estruendos de las bombas, nubarrones grises de frío y aguanieve, gritos de dolor y olor a pólvora y sangre.  Un espanto. Un horror. Una injusticia.

Justo cuando nacía, aquellos chicos que habían lograron mantenerse con vida, volvían nuevamente al país lastimados, desconcertados, desolados y hasta deshonrados por quienes los habían subido a esos aviones Hércules, obligándolos a permanecer en silencio y hasta escondiéndolos de sus propios familiares.

Me llena de orgullo recordar esta fecha pero por sobre todo recordarlos a ustedes, chicos. Lamento en el alma que a tan corta edad los hayan privado de vivir sus vidas con normalidad por culpa de la borrachera e incoherencia de un nefasto líder que se autoproclamó Presidente por aquellos años.

Gracias de corazón chicos. Se los quiere y mucho.

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