Actualidad “figurada”


Situación figurada uno: un señor porteño, cincuentón, ojos azules, al que lo comparaban con el fallecido cantante inglés Freddie Mercury cuando usaba bigote, se levanta todos los santos días laborables con la esperanza de llegar perfumado a la oficina. Ya no le importa si su traje está impecable o sus zapatos brillantes.

No, eso ya había quedado en el pasado a estas alturas.

No obstante, varios días atrás se había propuesto consigo mismo: “voy a llegar con algún vestigio del aroma al perfume que, sin importar la cantidad que use, me tiraré por todo el cuerpo”. Pero nada; no había caso: el intenso aroma del Paco Rabanne se evaporaba ni bien ingresaba a su lugar de trabajo. ¿El perfume era una imitación?, ¿la piel del personaje en cuestión no lograba “amigarse” con la fragancia? No, nada de eso. La culpa era del viaje.

Situación figurada dos: señora sesentona, oriunda de Buenos Aires pero que vivió muchos años de su vida en el sur; paqueta, coqueta y de fino gusto a la hora de vestirse, ya no sabía como hacer para que su maquillaje se mantuviera intacto camino al trabajo. Se levantaba todas las mañanas con casi tres horas de anticipación para arreglarse y, sobre todo, maquillarse. Pero no había caso: más allá de la estación del año en la que se estuviera, la constante manera de transpirar hacía que se le corriera toda la “pintura”.

Ya no le importaba si su blusa o pollera se arrugaban, o si su costosa cartera quedaba toda apretujada, aunque lo del maquillaje corrido en su rostro sí la tenía a maltraer. ¿Esta señora tenía algún problema físico que le provocaba sudoraciones? ¿El maquillaje era de pésima calidad? No. La culpa también era del viaje.

Ahora bien, podríamos decir que estos dos personajes ficticios, a los que denominaremos cariñosamente Mauricio para el primer caso y Cristina para el segundo, son el vivo ejemplo de lo que miles de hombres y mujeres padecen al momento de recurrir al transporte público (subte, tren y colectivo) cuando van a sus puestos de trabajo.

Demoras, cancelaciones, calor, transpiración, hacinamiento, pungas, olor (del feo), ruido y gente maleducada, entre muchas otras cosas, representan una suerte de “colación” entre el desayuno y nuestro lugar de trabajo. ¿Cómo a Mauricio no se le iba a presentar ese problema como el descrito anteriormente, si viaja apretadísimo en el subte, con 5 grados de calor de más por estar bajo tierra dentro de unidades con poca ventilación, y con otros 5 grados extras y de “yapa” por el tumulto de gente que lo rodea? ¿Cómo pretende conservar la buena presencia con la que salió de su casa, si además de todo ello Metrovías informa que la disculpe por las molestias ocasionadas ya que presenta problemas técnicos y, por consecuente, deberá caminar a paso ligero el trayecto que le faltaba?

¿Y Cristina? Cristina, cansada de viajar desde el conurbano a Capital Federal en tren, transpirando a lo pavote y envuelta entre el hedor de todos los cuerpos allí congregados, decide probar con el colectivo. Allí (una vez que logra subirse), revive la experiencia ferroviaria con el plus de intimar, involuntariamente, con la cola de la mujer que tiene adelante y con el bulto del caballero que se encuentra detrás.

Te doy la derecha, la izquierda y los pies Cris. Ahora entiendo perfectamente tu malhumor por haber malgastado todo ese tiempo maquillándote frente al espejo. Entiendo también tu perseverancia por no renunciar a que lo sigas haciendo porque muy en el fondo y al igual que todos nosotros, deseas con ese día en el que te subas al tren o al colectivo y elijas el asiento donde quieras pasar la hora y quince minutos que separan la parada de tu trabajo.

Por tanto, señor jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Ingeniero Macri y señora Presidenta de la Nación, Doctora Fernández de Kirchner, tengan bien de ayudarlos a Mauricio y a Cristina con sus problemas. En definitiva, tanto el problema de Mauricio como el de Cristina, TAMBIÉN ES PROBLEMA DE TODOS.

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