¿Por qué decimos “las fiestas”?


No intentaré develar la respuesta a esta pregunta, pero sí echar luz acerca de esta expresión tan (mal) usada por todos nosotros.

Y claro, con el correr de los años uno se empieza a “hinchar las pelotas” (perdón la expresión, es mi último aliento de rebeldía de 2011) de todo lo que implican los días previos a “las fiestas”, para finalmente poner las pompas sobre la silla un 24 y 31 de diciembre a la noche con el objetivo de comer, comer, beber, beber, comer, comer, comer, beber, beber, beber, beber, beber y beber hasta las 12.

Ojo, en edades de infante, la historia era totalmente distinta porque no importaba lo que podía faltar en la mesa, sino que no faltara nada en el árbol. La verdadera “fiesta” era abrir ese paquetito para jugar con la nueva adquisición hasta que el último familiar borracho se retire y nos obliguen a meternos en la cama a dormir. No importaba si Papá Noel había hecho caso omiso a nuestra carta y si en vez de traernos a He-Man y a Skeletor nos dejaban al Playmóvil policía. Lo más sagrado era poder contar con el nuevo juguete y ya.

Para algunos de los adultos, en cambio, “las fiestas” implican tener que movilizarse, verse indefectiblemente con “tal o cual plomo”, gastar dinero en comida, bebidas, regalos, pilcha nueva para uno mismo y otras yerbas. En definitiva, hacer exactamente lo mismo que en “la fiesta” anterior y la anterior a esa; y por qué no, las que vendrán a futuro.

También no faltan las familias que pasan esas noches en las guardias esperando el parte médico sobre la gravedad de las quemaduras, la sutura o demás accidente que le haya ocurrido a “Ricardito”, “Jorge”, “Luciana”, “Paola” o el “Nono Pedro”, por prender pirotecnia o destapar la sidra sin la debida precaución de sacar el corcho con un repasador para que no salga disparado hacia cualquier parte. Ni que hablar, entonces, cuando se trata de un accidente fatal…

Ver los medios de comunicación los días posteriores a “las fiestas”, dan cuenta últimamente de lo traumáticas que resultaron: Muerte, alcohol, excesos, suciedad en la vía pública, desigualdad, etc, etc, etc.

En fin, en lo personal y ya como un adulto, interpreto a “las fiestas” como la oportunidad de juntarme con mis familiares; disfrutar de ese momento con ellos tanto cuando estamos sobrios como ebrios y, sobre todo, ver las caras de los más pequeñitos de la casa al momento de abrir sus regalos para presenciar “esa fiesta” de la que hace largos años atrás también era protagonista.

No hay pitos, matracas ni carnaval carioca; solo anécdotas, fotos, risas y abrazos (lo que realmente importa). De eso se trata la Navidad y el Año Nuevo.

La palabra “fiestas” es abstracta y suena vaga. “Las fiestas” me remiten a todo lo malo descripto más arriba. Basta, vuelvo a insistir, con ver para que se la emplea. Quienes nos informan la usan para jugar con trágicos adjetivos al momento de titular, mientras que muchos de los que nos rodean no dejan de hacerlo sin mufar de por medio y lamentándose por las mismas.

Es por ello que muy de corazón, mis queridos lectores, espero que hayan pasado una muy linda NAVIDAD y les deseo un próspero y muy feliz AÑO NUEVO.

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